CINE, LITERATURA, ARTE, SOCIEDAD Y CULTURA
El ruido se ha instalado en nuestra en nuestra vida diaria. ¿En qué momento permitimos que semejante contaminación fuera parte de nuestro entorno? Quienes preferimos el silencio al ruido, estamos condenados a penar en una sociedad que necesita gritar y hacerse oír a todo volumen.
En la televisión irrumpieron jóvenes gritones que conducen programas de todo tipo y que tienen un pobre lenguaje además. Y la radio no es la excepción, programas donde locutores gritan productos y toda una sarta de sandeces para luego “deleitarnos” con su dudoso gusto musical. En las pantallas cinematográficas campea el cine estadounidense, cuyos filmes cuentan, en su mayoría, con una banda sonora muy trabajada. Aunado a ello, las nuevas salas presumen modernos sistemas de audio que, piensan ellos, debemos escuchar a todo volumen. Vivan pues, las explosiones, disparos, choques de autos, golpes y música, a todo lo largo y ancho en la sala, de manera estridente. Recuerdo que en la premiere de “El laberinto del fauno”, el propio Guillermo del Toro, presente en la sala, se disculpó por el volumen alto durante la proyección. Largas horas de trabajo en postproducción, echadas a perder por el volumen en la sala.
Casi no hay restaurante donde no se encuentren televisores encendidos con el volumen alto. Lo peor ocurre en las cafeterías donde uno podía leer tranquilamente, ahora hay bocinas vomitando éxitos musicales de moda que hacen imposible concentrase en la lectura. Ya ni mencionar si uno quisiera escuchar su propia selección musical con audífonos pues es imposible sustraerse del ruido circundante.
En la ciudad donde vivo, parece deporte local, tocar el claxon de autos, camionetas y camiones por las calles a la menor provocación. Acostumbro despertarme cuando un vecino del edificio, arranca su camioneta Pick up, arreglada para que el motor suene como león en celo.
Este verano que acaba de terminar, sufrí la algarabía que diariamente ocurría en la alberca que tenemos a nuestro servicio. No solo era la gritería propia de los niños, sino además la música de los padres, que salía de las bocinas de los autos cuyas puertas abiertas llenaban de ruido el ambiente durante todo el día y, las actividades cesaban entre once y doce de la noche. Es común escuchar música a todo volumen que proviene de casas vecinas, plazas públicas o antros que practican el dudoso deporte del ruido ambiental. Ocasionan con ello, más daño del que pudiéramos imaginar, el delicado sistema auditivo que tenemos, puede sufrir un deterioro paulatino, además de la irritabilidad que ocasiona.
Ya en este espacio comenté anteriormente del carpintero casi sordo que conocí hace poco. Recién acabo de conocer a una amiga que usa, en ambos oídos, aparatos para la sordera. Tiene una discapacidad auditiva y cuando nos vemos en un café, sufrimos para conversar; ella para escucharme y yo por alzar la voz para que me escuche, sin mencionar que en las mesas vecinas, se enteran de todo lo que digo. Además ella habla en voz baja, por lo que se dificulta escucharla bien. Me contó parte de su historia auditiva y cualquiera pensaría en lamentarse por lo ocurrido desde pequeña, pero con el ruido de nuestra sociedad actual, me parece que tiene la fortuna de poder apagar sus aparatos auditivos y disfrutar de los sonidos del silencio cuando lo desee.
Escribo estas líneas desde una cafetería en un centro comercial, donde la música, el llanto de un niño vecino y las bocinas de la plaza, llenan de ruido el ambiente y, no acierto a apagar mis oídos para escapar lejos del mundanal ruido.
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