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¡Acapulco está lleno de nacos! Me dice el taxista a la pregunta de cómo estuvo el turismo en esta época de vacaciones. El hombre detrás del volante, moreno, fuerte y en sus cincuenta y tantos años me contesta de manera franca y abierta.
“Son familias de seis u ocho miembros que se meten a una habitación de mil pesos, compran en el supermercado refrescos, botanas, jamón y pan, y a la playa”. Nada como hacerle una pregunta inocente a un taxista en México y de inmediato salen las dotes de analista que llevan adentro. “Esta clase de turistas, aclara, no deja su dinero en los servicios básicos. Son cochinos, ruidosos y poquiteros”. ¡Puros nacos! Ante tales contundentes argumentos no queda más que asentir.
El puerto de Acapulco, en la costa del Pacífico, otrora gran destino vacacional, enfrenta hoy el reto de renovar el interés por sus playas y servicios. Hay una nueva zona de desarrollo llamada Diamante, en donde grandes edificios se elevan frente a la costa, cuenta con una buena infraestructura hotelera y sus playas siguen siendo muy visitadas, pero ya enfrentan problemas de contaminación, la ciudad resiente algunos actos de violencia y el turismo extranjero ya tiene muchas opciones en México. A ello hay que agregarle la competencia del puerto de Veracruz en el Golfo de México, como la otra playa cercana al centro del País.
El taxista me mira por el espejo, ¿Será que se pregunta si pertenezco a los turistas nacos? Me apresuro a preguntarle por un buen restaurante de pescados y mariscos y en donde puedo solicitar una excursión en yate. Me deja frente a un Centro Comercial y le doy una buena propina. No quiero ser un turista naco en Acapulco, no faltaba más.