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EL OFICIO DE ESCRIBIR...

José Romero en LITERATURA con fecha 02/septiembre/2006 - 0 comentarios
Etiquetado con: literatura

A últimas fechas he tomado la mesa del comedor para trabajar en mis textos. Encuentro más luz y una gran ventana en la sala que llena de buen ambiente el espacio. Lo prefiero al estudio compartido que antes usaba. Pero más recientemente algunas cosas han llegado a perturbar este ambiente.
Me levanto, hago mi arreglo personal, un desayuno frugal y a la mesa de trabajo. Empiezo a teclear sobre mi laptop. De pronto, una leona pasa corriendo frente a mí con una presa entre sus fauces. A pesar de lo insólito, continúo escribiendo, ahora es una cheetah que veloz persigue a una gacela, levanto la vista imperturbable y me fuerzo a continuar. Más tarde un lobo se acerca husmeando y orina para marcar su territorio, luego me mira y gruñe. Camina hasta donde estoy sentado, se para en sus patas y exige mi atención. Dejo de escribir. Qué quieres -le grito, déjame en paz, la perrita alza su patita y me mira con el rostro compungido y ladra. De unas semanas a esta fecha, se instaló una perrita Schnauzer en nuestro departamento. Sin previo aviso se vuelve loca y corre por toda la casa emulando a los animales antes mencionados, así juega pues tan solo tiene tres meses de nacida. Todavía está en esa etapa del aprendizaje para hacer sus necesidades en el cuarto de lavado, pues aún no hay permiso de sacarla, al menos eso dice el veterinario. ¡Caramba! que se venga él a limpiar sus gracias o intentar trabajar con ella corriendo por ahí.
Conozco a una escritora que se refugia en la casa de playa de su padre y durante un mes se dedica a escribir, otros buscan un rincón en un tranquilo café y se las arreglan bien, Otros tienen un piso en Madrid o Paris, un cuarto de azotea o los elegidos que tienen una habitación propia… sin perrita alrededor.
En realidad estoy acostumbrado a escribir en todo tipo de lugares, en mi época de empleado público, me quedaba más tarde y aprovechaba la quietud de la oficina para escribir en paz. La extraordinaria sensación que me produce la página en blanco me ayuda a concentrarme sin importar el lugar en que me encuentre. A veces un suceso que presencio me empuja a escribir. Así me pasó recientemente en la playa del puerto de Acapulco, adonde asistí a un Encuentro de escritores. Siempre cargo pluma y libreta, de pronto me entra la necesidad de escribir y puedo hacerlo. Claro, es un impulso y luego con más calma se le da forma.
Así, por impulso, alguna ocasión propuse a una amiga escritora mandarle una frase y que ella a su vez lo hiciera para escribir sendos cuentos a partir de ello. Así lo hicimos, yo escribí un relato y se lo mandé, el de ella aún lo sigo esperando. Las noticias en el periódico son siempre una fuente de inspiración, ocurre cada cosa en nuestro mundo que por ello recorto noticias extrañas, de nota roja, o dramas de la vida diaria que luego retomo o entremezclo con ideas propias.
Hay quien escribe a lápiz o con pluma en una libreta. Dice Carlos Fuentes, el escritor mexicano, que él escribe en una libreta grande y solo en la página del lado derecho. El lado izquierdo es para corregir. Otros aprovechamos las ventajas de una laptop y hay aquellos que aún utilizan una vieja máquina de escribir. Yo digo que todo se vale.
Lo importante es escribir, sin importar la hora o el lugar. Cuando me ataca la temporada de insomnio, escribo en la madrugada, con la casa en silencio. Dos días a la semana me voy a una cafetería huyendo de la señora de la limpieza con su sinfonía ruidosa de aspiradora, sacudidor, lavadora con todo y secado, y por supuesto, la perrita corriendo de aquí para allá. .
En ocasiones un texto sale de jalón y luego corrijo. En otras voy dando tumbos hasta que logro atrapar el nudo y desenredarlo. Hay un cuento de ciencia ficción que lleva años y aún no lo termino. Algunos escritores dicen que tienen primero el final y luego escriben el principio hasta llegar a terminarlo. Recientemente, mandé un guión de cortometraje a un concurso, que me tomó dos semanas escribir y, me llevé el premio. Pero no importa cuando y donde se escriba, hay que sentarse e intentarlo una y otra vez. No conozco otra manera.
La perrita Schanauzer por fin se baja de mi regazo, se echa a mis pies, suspira y me deja en paz por un momento, está tan cerca que no puedo moverme. Me pongo a escribir.

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