CINE, LITERATURA, ARTE, SOCIEDAD Y CULTURA
Pocos meses después de haberme “retirado” del periodismo, O. J. Simpson subió a su Bronco blanco y llevó a la policía y al resto del mundo a una persecución que inauguró una nueva época en los medios de comunicación. Yo era por entonces un novelista de tiempo completo, y desde mi casa en las colinas de Hollywood pude seguir la persecución por la tele y luego mirar por el ventanal y comprobar el lento avance de la cacería por el enjambre de helicópteros que surcaban el horizonte de la ciudad.
Cuando O. J. llegó por fin a su casa en Brentwood y se entregó, vi el rostro conocido de un colega entre el gigantesco nudo de reporteros que se apretujaban fuera de la entrada de la casa. En ese momento me di cuenta de que si aún hubiera estado en el equipo de la nota roja, el rostro en la pantalla habría sido el mío. Le di gracias a Dios por no serlo y regresé a mi estudio a continuar trabajando en una novela.
Mi trabajo como reportero de nota roja había sido para mí un medio para alcanzar un fin: el de escribir una obra de ficción sobre ese mundo. Al ser periodista, en aquel entonces me hubiera sentido profundamente insultado si alguien me señalara que nunca dejaba que los hechos se interpusieran en el camino de una buena historia. Ahora que soy novelista me río cuando pienso en ello y lo tomo como un cumplido. Un detective de la policía amigo mío dice que lo que yo hago debería llamarse “faccion”, es decir, la combinación o adaptación de un hecho para transformarlo en ficción.
A últimas fechas he estado pensando mucho en mis días con las fuerzas del orden. Sobre todo porque a raíz de la publicación de Crime Beat, una colección de relatos que escribí cuando era reportero, me he hecho la pregunta siguiente: ¿no extraño esos días?
La respuesta inmediata es negativa. Después de todo ya no escribo con la urgencia de la hora del cierre, puedo esperar acerca de lo que se me antoje y no tengo la presión ulcerífera de tener siempre que llegar el primero y lograr siempre atinarle.
Pero conforme leía mis antiguos recortes de periódico y ayudaba a escoger los relatos de la colección, comencé a darme cuenta de que tal vez no había nada que extrañar. Comencé a entender que mi trabajo de ficción es simplemente una extensión de mi periodismo. Y que este no es un medio para alcanzar un fin, sino parte del mismo medio. Me refiero a una evolución. Yo aún quiero llegar primero que nadie y todavía quiero dar en el blanco. Así que no lo extraño porque sigo haciéndolo, nada más que de otra forma. Y con un ojo puesto más allá de los meros hechos.
Hay un dicho que dice que si uno quiere saber los hechos, hay que leer el periódico; pero si lo que uno quiere es saber la verdad, lo mejor es leer una novela. No sé donde lo oí por primera vez, pero después de muchos años he comenzado a entenderlo. Cuando yo escribo una novela le echo una mirada de periodista a este lugar llamado Los Ángeles. Después, tomo lo que aprendo, lo traigo dentro e intento acoplarlo con la verdad de la naturaleza y el carácter humanos. Quiero decir que intento darle una realidad de carne y hueso. Trato de insuflarle la verdad.
Cuando trabajaba en la nota roja escribía sobre sangre y violencia, pero muy rara vez escribí toda la verdad al respecto. Claro que reunía los hechos del momento correctamente, pero casi nunca seguí las ondulaciones que esos mismos hechos creaban. Yo ya no estaba ahí cuando esas ondulaciones se convertían en un oleaje tumultuoso que rompía en la orillas de una familia, de una infancia, de un vecindario, de un negocio. O de toda una ciudad. Con mis novelas puedo hacerlo. Y a veces, cuando he sido diligente y no he perdido de vista esa recompensa, pienso que incluso he tenido éxito. Tal vez…
Cuando era reportero hubo una ocasión en que estaba parado afuera de una casa en Canoga Park, donde los listones amarillos de la policía apenas separaban a los numerosos oficiales y detectives encargados del caso, del apretado grupo de reporteros y fotógrafos que nos agolpábamos en la calle. Todo lo que sabíamos por el momento era que en el interior de la casa había gente muerta. Una madre y sus tres hijos acribillados a balazos. Igual que el perro.
Los que estábamos en la banqueta sabíamos que la historia podía tomar dos derroteros. Si la familia había sido asesinada por un intruso, la noticia se elevaría hasta la estratósfera de la atención de los medios. Nos encontraríamos frente a una noticia privilegiada, un crimen al que se podría regresar y escribir al respecto una y otra vez. Pero si se trataba de un asunto interno, si por ejemplo la madre resultaba responsable de haber matado a sus hijos y al perro antes de suicidarse, entonces la noticia no pasaría mucho más allá de su punto de partida. No habría mucho más que decir o escribir luego de enterarse de eso.
La espera de los detectives de homicidios para que salieran de la casa con la noticia se dilató hasta altas horas de la noche. Algunos reporteros tuvieron entonces una idea. Juntaron su dinero y ordenaron por teléfono una pizza y un cartón de seis Pepsis. Dieron la dirección de la casa para que el mensajero entregara el pedido.
En aquel entonces me pareció que ordenar una pizza afuera de una casa adonde acababa de cometerse un asesinato era el ejemplo perfecto de la naturaleza de pica y huye del trabajo en la nota roja, incluso de todo periodismo. Nunca había tiempo para nada más que el momento. No había tiempo para las emociones. Lo único que había era la superficie, y cuando las ondulaciones se dejaban ver sobre esa superficie, en rarísimas ocasiones se les prestaba atención. Había hechos que reportar, pero no mucha verdad que decir. Existía la necesidad de ganarse en forma sencilla el pan de cada día, y pasar después a la historia siguiente.
Cuando los detectives salieron por fin de la casa, nos dijeron que la madre era la responsable. Ella había dejado una nota en la que describía la angustia que le causaban los problemas financieros y familiares. Le pasé mis notas a otro reportero que escribiría la historia y me fui a casa.
Al día siguiente pudo haber habido un seguimiento de la noticia, pero yo no lo escribí. Ese día siguiente tuve que escribir otras historias. Esa era la forma de trabajar. Pero luego de todos estos años, aún pienso en esa mujer que asesinó a sus hijos. Cuando me preguntan que es lo que más recuerdo de mis días de reportero, no menciono la explosión del transbordador espacial, el accidente de aviación, los asesinos seriales o los disturbios. No aludo a todos los asesinatos sin resolver sobre los que escribí. Siempre hablo de aquella mujer que asesinó a sus hijos, a la mascota de la familia y luego se metió el cañón en la boca.
Y cuando la menciono soy capaz de sentirme bien conmigo mismo por un instante, porque yo no fui uno de los reporteros que ordenó pizza y Pepsis para que las entregaran en la escena del crimen. Pero inmediatamente después me siento fatal porque jamás regresé a esa casa para tratar de esclarecer la verdad. Un montón de gente se angustia por sus dificultades financieras o familiares: Pero no por ello matan a sus familiares ni se pegan un tiro. Aquella mujer sí lo hizo y yo nunca me tomé el trabajo de averiguar que la hacía diferente y por qué lo había hecho. Reuní los hechos, pero dejé que otros encontraran la verdad que yo dejé atrás.
Hace mucho que dejé el periodismo y en la actualidad trabajo en el campo de la ficción. De hecho, recién acabo de alcanzar mi peculiar punto de equilibrio: llevo catorce años escribiendo y publicando novelas policiales, el mismo tiempo que me desempeñé como reportero. Pero la lección que aquella mujer me enseñó no la olvido. Ahora mi trabajo es buscar la verdad, los hechos son negociables. Se puede decir que yo nunca dejo que los hechos se interpongan en el camino de una historia de verdad.
Artículo aparecido en el suplemento Confabulario. Traducción de Alberto Román.
Connelly es un tipo que destila verdad en cada palabra que escribe. Este texto lo confirma y lo fija.
FRANCISCO ORTIZ | 02-09-2006 13:05:26
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