CINE, LITERATURA, ARTE, SOCIEDAD Y CULTURA
La noche del 14 de febrero de 1951 se llevó a cabo el sexto combate entre Jack La Motta y Sugar Ray Robinson en la ciudad de Chicago. En el primero de ellos La Motta había vencido a Robinson, pero después, éste, había ejercido una hegemonía sobre su tozudo rival. Sin embargo nunca lo había noqueado. Tuve ocasión de ver lo mejor de este último combate, gracias a un programa deportivo por televisión.
La pelea fue una lucha violenta de dos guerreros del ring, tal como se acostumbraba en esos años, no como ahora que todo queda a expensas de los grandes monopolios que en ocasiones deciden quien debe ganar. La Motta era un peleador bajo de estatura, con un gran torax y un aguante a toda prueba, recibía y absorbía golpes como ninguno. Leonard en cambio, era la elegancia y la rapidez, un esteta del cuadrilátero, su figura de ébano brillaba entre las cuerdas del ring. Ni duda cabe que Mohammed Alí tuvo en mente su manera de pelear, cuando desarrolló su estilo.
En el onceavo asalto La Motta llevó a las cuerdas a Sugar Ray y le tiró lo que quedaba de su fuerza, Robinson, aguantó todo el ciclón de golpes y salió de ahí tirando ganchos y volados para atacar a su rival. Golpeó de una manera brutal al valiente italiano, quien pese a todo resistió hasta el final de la campana. Para el doceavo round, Leonard continuó su castigo sobre un desfalleciente rival. Ante la lluvia de golpes, se mantenía en pie de milagro, eso hizo que el réferi detuviera el combate y le diera el triunfo por nocaut técnico a Sugar Ray Robinson. Sin embargo no pudo tirarlo a la lona, dicen que desde su esquina, La Motta miraba fijamente a Leonard, como diciendo, no me tumbaste.
Un catorce de febrero de 1929 se llevó a cabo la matanza de San Valentin, en Chicago también, en un ajuste de cuentas de la Mafia. Roger Corman filmó una película de ese capítulo de la delincuencia americana, con Jason Robard en el papel principal. En la maravillosa “Dos evas y dos adanes” de Billy Wilder, Tony Curtis y Jack Lemmon, protagonizan a dos músicos que atestiguan el tiroteo, y deben vestirse de mujer para escapar de los mafiosos. Se enrolan en una orquesta femenil, en donde la exuberante Marilyn Monroe tocaba el ukelele. Y por supuesto en 1980, Martin Scorsese, dirige a Robert de Niro en “Toro salvaje”, la historia fílmica de Jack La Motta. El director americano de origen italiano, logra un auténtico ballet sobre el boxeo, con una coreografía en blanco y negro deslumbrante, logrando una de sus dos mejores cintas, solo igualable a “Taxi Driver”.
Después de esa pelea La Motta ya no fue el mismo, en cambio Sugar Ray Robinson demostró que era un peleador fuera de serie, que trajo al boxeo una nueva perspectiva a la violencia sobre el cuadrilátero, pues lo llenó de clase y elegancia en medio de aquel baño de sangre y violencia de un 14 de febrero de 1951. Quizá Spike Lee o algún cineasta afroamericano, le rinda justicia fílmica un año de estos.