CINE, LITERATURA, ARTE, SOCIEDAD Y CULTURA
A unas horas de terminar el año 2005, llevé a cabo un ritual que practico desde hace algunos años; acabar la lectura de un libro e iniciar uno más. También ver la última película del calendario y prepararme para la cartelera del próximo.
CINE.-
Mis inicios como espectador de cine fueron a través del cine americano de Hollywood en funciones de matiné de programas dobles, años más tarde llegaron a ser programas triples en aquel cine de barrio que era el Gloria en la colonia Roma. Sin embargo con el paso del tiempo descubrí otras cinematografías que llenaron el vacío en la pantalla que Hollywood no llenaba. Hoy apenas veo cine americano, no desaprovecho la ocasión de disfrutar filmes de cinematografías europeas, asiáticas o latinoamericanas por encima de los productos previsibles, sobre todo de Hollywood.
Todo esto viene a cuento pues terminé el año 2005 frente a dos películas típicas de la llamada fábrica de sueños. “La guerra de los mundos” dirigida por el hábil Steven Spielberg, basada en la famosa obra de H. G. Welles. Spielberg filma desde que era un adolescente y ni duda cabe que aprendió el oficio de una manera que muy pocos han alcanzado. Me refiero sobre todo al lado artesanal del mismo; donde poner la cámara, su movimiento, opciones diversas de edición, música para acentuar la imagen, paleta fotográfica acorde al proyecto etc. Con ello, nos adentra en la invasión de unas máquinas y seres provenientes de otros mundos. Para ello, escoge a una estrella del sistema americano, Tom Cruise, como un típico padre americano; ambos, director y actor, se regodean en la opción de presentarlo como un perfecto idiota, incapaz de pensar y tomar acciones.
Me los imagino preparando el personaje y creyendo descubrir el hilo negro, Tom gran héroe de acción, como un padre atolondrado, excelente idea no Steven, yes Tom. Por ello tenemos que sufrir las intromisiones del par de hijos ante la inutilidad del padre. No escapa Spielberg al regodeo tecnológico de las máquinas, con excelentes efectos especiales, y a los seres extraterrestres que mueren como los mismos terrícolas estirando la pata, quiero decir la mano. Lo mejor de la película es la banda sonora de John Williams, que por fin abandona sus acordes habituales llenos de azúcar. Ya se anuncia el siguiente filme del artesano Spielberg, Munich, donde pretende hacernos reflexionar sobre los judíos y palestinos. No dudamos que estará súper bien filmada, pero de su punto de vista, no nos hacemos responsables. Allá cada quién.
Resulta curioso que Steven Spielberg sea, quizá, el único cineasta que pueda llevar a la pantalla lo que se le ocurra, dinero y recursos los tiene, y que su carrera se signifique sobre todo por una falta de mirada lúcida y crítica como la de sus maestros americanos de antaño, y de los cuales aprendí el lenguaje cinematográficos en aquellas funciones de matiné.
“Cinderella man” de Ron Howard, nos narra la historia de James J. Braddock que de promesa del boxeo pasó a mendigar por las calles en medio de la gran Depresión americana y volvió para resurgir como campeón de los pesos pesados.
Con un Russell Crowe en forma y alejado de sus explosiones de enojo, personales y en la pantalla, Howard construye poco a poco una historia típica del sueño americano en donde es posible alcanzar la redención con los guantes, arriba de un cuadrilátero y en la vida misma. No es una película para todos los gustos, las escenas de boxeo ocupan una buena parte, sobre todo al final de la película, hay apenas un esbozo social de la situación del País, visto además de manera melodramática a través del amigo socialista de Braddock y la elección de la sufrida esposa recae en la mofletuda Renee Zellweger, que solo tiene dos caras que ofrecernos en su capacidad actoral. Sin embargo cuenta con la actuación de Paul Giamatti como el manager, con el talento todavía no devorado por Hollywood de Crowe y a que Howard se toma el tiempo necesario para ir construyendo un cuento americano que termina por atrapar al espectador. O al menos al que escribe estás líneas. Un típico producto de Hollywood, bien producido, realizado, actuado y concluido. Por el momento no podemos pedirle más a la fábrica de sueños.
LITERATURA.-
Ryszard Kapuscinski nació en Polonia en 1932, estudió en la universidad de Varsovia y fue corresponsal en el extranjero hasta 1981. Periodista, escritor y ensayista, quizá el más celebrado del mundo y a menudo llamado el mejor reportero del siglo XX. Entre sus libros se encuentran, El emperador, La guerra del fútbol, El imperio, Los cínicos no sirven para este oficio y Ëbano. En este último, Kapuscinski se ha sumergido en el continente africano, rehuyendo las paradas obligadas, los estereotipos y los lugares comunes. Vive en las casas de los arrabales más pobres, plagados de cucarachas y aplastadas por el calor; enferma de malaria cerebral, de tuberculosis, casi muere a manos de un guerrillero; tiene miedo y se desespera. Pero no pierde la mirada lúcida y penetrante del reportero y no renuncia a la fabulación del narrador. Ébano es un libro extraordinario, galardonado con el premio Viareggio. De el rescato un fragmento:
“Hace algunos años pasé la Nochebuena en compañía de unos amigos en el Parque Nacional de Mikumi, en el interior de Tanzania. La tarde era cálida, agradable, sin viento. En un claro en medio de la selva, sin más protección que el cielo, había dispuestas varias mesas. Y sobre ellas, pescado frito, arroz, tomates y pombe, la cerveza local. Ardían las velas, las antorchas y las lámparas de petróleo. Reinaba un ambiente distendido y agradable. (…) Habían acudido allí ministros del gobierno tanzano, embajadores, generales, jefes de clanes. Era más de medianoche cuando sentí que la impenetrable oscuridad -que empezaba justo detrás de las mesas iluminadas- se mecía y retumbaba. No por mucho rato. El ruido aumentaba por momentos, hasta que de las profundidades de la noche emergió un elefante, justo a nuestras espaldas. Ignoro si alguien de entre vosotros se ha topado con uno cara a cara, no en un zoo o en un circo, sino en la selva africana, allí donde el elefante es el terrible amo del mundo. Al verlo, la persona es presa de un pánico mortal. El elefante solitario, apartado de la manada, a menudo se halla en estado de amok y es un agresor frenético que se abalanza sobre las aldeas, arrasando chozas y matando a personas y animales.
El elefante era realmente grande, tenía una mirada penetrante y perspicaz y no emitía sonido alguno. No sabíamos que pasaba por su tremenda cabeza, que haría al cabo de un segundo. Tras quedarse parado durante un rato, empezó a pasearse entre las mesas, en cuyo derredor reinaba un silencio sepulcral: todo el mundo, inmóvil, estaba paralizado por el terror. Nadie osaba moverse, no fuera a ser que aquello liberase la furia del animal, que es muy rápido; no hay manera de huir de un elefante. (…) Al final, después de dar varias vueltas a las mesas y al prado, nos abandonó: se apartó de nosotros y desapareció en la oscuridad. Cuando cesó el retumbar de la tierra y la oscuridad dejó de moverse, uno de los tanzanos que se sentaban a mi lado preguntó:
- ¿Has visto?
- Sí – contesté, aún medio muerto-. Era un elefante
- No –repuso- El espíritu de África siempre encarna en un elefante. Porque el elefante no lo puede vencer ningún animal. Ni el león, ni el búfalo, ni la serpiente.
Sumidos en el silencio, todos se dirigían a sus respectivas cabañas mientras los chicos apagaban las luces de las mesas. Todavía era de noche, pero se aproximaba el momento más maravilloso de África: el alba”.
Para quien quiera descubrir los secretos, bellos y terribles de Africa, les recomiendo adentrarse al alba y a la noche africana, a través de los ojos y el corazón de Ryszard Kapuscinski y su extraordinario libro Ébano, serie crónicas de Editorial Anagrama 2000.
Para iniciar el año selecciono la lectura de After the quake, una versión al inglés del escritor japonés Haruki Murakami, uno de los más representativos de la literatura japonesa actual. Nació en Kyoto, en 1949, creció en Kobe y ahora vive en Tokio. Ha sido recientemente galardonado con el premio Yomiuri, y entre quienes han recibido este premio están Yukio Mishima, Kenzaburo Oe, y Kobo Abe. Las seis historias que se reúnen en Alter the quake, están ubicadas en el año de 1995 después del catastrófico terremoto en Kobe.
En estas historias pululan personajes misteriosos y desorientados en un mundo alucinante, que les hace ver la fragilidad de su diaria existencia, en donde lo real y lo surreal se entremezclan, donde sueños y pesadillas se regodean. Me adentro en ese mundo con un par de historias y descubro a un inquietante nuevo autor que habrá que seguir en el próximo año literario, que ya inicia su camino.
A mis tres lectores y lectoras, les deseo salud, amor y dinero para cine y libros.
hermano, entrando en las bitacoras, me di cuenta que esta de principios de ano no la habia leido. me atrapo, como siempre. saludos carinosos,d.l.
doraluz | 04-09-2006 19:45:55
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