CINE, LITERATURA, ARTE, SOCIEDAD Y CULTURA
Para terminar el año me propuse limpiar mis cajones y cajas que guardo por todos lados. Decidido me dije que nunca es tarde para hacerlo. Hay planes, compromisos y metas que alcanzar, algunos se cumplirán y otros tendrán que esperar a mejor ocasión; son los mentados propósitos de Año Nuevo que ya pensamos en ellos. Queremos olvidar algunas cosas y poner orden al presente, darle una vuelta a la hoja del pasado y ver por un futuro mejor. O al menos es lo que deseamos, ya el tiempo dirá.
Algunos intentarán una dieta que les haga bajar de peso milagrosamente, otros querrán dejar el cigarro, unos más buscarán trabajo nuevo y hay los que quieren plantar un árbol, escribir un libro y tener un hijo. Todo a la vez. A mi me cuesta trabajo hacer planes a largo plazo, dietas, promesas o tener hijos a esta altura de mi vida. Escribir el libro es tarea vital, por supuesto, pero eso llevará buena parte del próximo año, pero para terminar este 2005 puedo arreglar el desorden de papeles diversos que guardo por toda la casa. El próximo año intentaré las mejoras a la casa u ordenar mi biblioteca, en donde Jorge Luis Borges anda extraviado en algún lugar del Aleph, Raymond Carver, el cuentista americano, junto a Raymond Chandler en la políciaca y Paco Ignacio Taibo en la de horror, aunque este último se puede quedar ahí. En realidad lo que necesito son libreros, pero esa es otra cuestión.
Abrir un cajón en casa puede ser algo aburrido o sin chiste, pero en mi caso es una auténtica caja de sorpresas. ¿Qué hacen comprobantes de compras diversas en mis cajones? Recibos de cajeros automáticos de hace años, notas de librerías, tiendas de discos, cafeterías, de tarjetas de crédito, tiendas de autoservicio o de ¡panadería! y quien sabe cuantas cosas más. No lo sé. Puedo entender que guarde un mes el comprobante de una tarjeta de crédito, pero la cantidad de papeles que acumulo me dejó sorprendido y con una sonrisa en la cara. A la basura me dije e inicié el tiradero.
Lo siguiente fueron los recortes y hojas enteras de periódicos de años atrás. Los recortes fueron cosa fácil de entender porqué los guardé, pero de las páginas enteras no acerté a saber la noticia que hubo llamado mi atención para querer guardarla. Será que la noticia diaria pierde validez tan rápido con el paso del tiempo y ahora solo es tinta sobre un papel, signos de un lenguaje que años después no significa nada. ¿Será que nuestros intereses han cambiado? ¿O la noticia nunca tuvo interés? ¿Será que el periódico es como el café; soluble e instantáneo? No lo sé, igual lo tiro.
Interesantes han sido en cambio los papelitos con recados, notas, teléfonos e inclusive direcciones postales o electrónicas. En ocasiones con un nombre junto a ellos y en otras sin la menor idea a quien pertenecen. Fueron el clásico “luego te hablo” y hoy igual no me dicen nada estos números o impresiones anotadas al vuelo y que ahora tienen como destino la papelera. Seguro que alguien esperó en vano me comunicara, igual me han de hacer supongo.
Después me dediqué a las cajas y en ellas encontré un nuevo espacio para el asombro; plumas, lápices, libretas, artículos de papelería, casetes de audio, videocasetes de formatos obsoletos y rollos de película súper 8 mm. Es increíble la cantidad de utensilios y artículos, entre otras cosas, que vamos guardando por la vida. Estos objetos sin embargo por alguna razón rescatan recuerdos que hoy descubro en estas cajas. Libretas con incipientes críticas a películas --por cierto, hoy ya solo aspiro a disfrutar las películas y dejo la crítica a las nuevas generaciones que se asombran tan solo de los efectos especiales – también encuentro diarios inconclusos o películas familiares olvidadas y que hoy despiertan sucesos y personas que se encontraban extraviadas en el transcurrir del tiempo. Busco el proyector antiguo y coloco los rollos de película de tres minutos y veo sobre la pared blanca imágenes capturadas años atrás y que son una experiencia alegre y triste a la vez. Es entonces cuando uno descubre que algunas veces vale la pena guardar tantos recuerdos.
Pertenezco a una generación que capturó en cine aquellos momentos cotidianos y que hoy son especiales al menos para este solitario espectador. Los cineastas en ciernes de entonces, ya dejábamos ver nuestro camino en el difícil oficio, pues editábamos en cámara los escasos tres minutos por rollo con que contábamos y escogíamos los mejores momentos para filmar. Hoy en día con el video nos hemos vuelto faltos de imaginación pues grabamos todo, movemos la cámara de un lado a otro e inmortalizamos hasta la baba del niño que escupe frente a cámara.
Al reanudar la limpieza en las cajas, no falta el billete en un sobre para un gasto desconocido y que hoy será destinado para algo mejor sin duda alguna. O la fotostática del acta de nacimiento necesaria tiempo atrás y que hoy aparece por arte de la magia del tiempo.
En el fondo de una caja aparece un sobre cerrado con cinta adhesiva. Dejo todo, me tomo un respiro y con el sobre bajo el brazo me sirvo una copa de anís y me siento en un sillón de la sala. Casi de inmediato me doy cuenta que guarda este gran sobre amarillo. Son cartas, tarjetas y fotografías diversas, sonrío mientras saco el contenido, leo y miro instantes guardados en el tiempo y que hoy también regresan como si fueran más rollos de película que se exhiben ante mi.
Uno conoce diversas mujeres en la vida y algunas de ellas se quedan en la forma de cartas, tarjetas o fotografías que estuvieron alguna vez guardadas en el corazón y hoy se encuentran en el fondo de una caja.
Dice en su autobiografía el cineasta francés Jean Renoir; “No existimos por nosotros mismos sino por el entorno que nos moldea ... he intentado recordar a todas esas personas y todos esos acontecimientos que creo ayudaron a que yo me convirtiera en lo que soy”.
Estas mujeres -y otras circunstancias- que pasan por nuestra vida, nos convierten en la clase de hombre que uno es ahora. Razones diversas ocasionan que lleguen y partan las mujeres de nuestra vida, a veces una experiencia dolorosa y en otras no tanto. Pero todas dejan, sin embargo, algo más; una sonrisa, algunas palabras o un recuerdo que un día decidimos guardar en algún sobre amarillo. Reviso las fotografías y me descubro junto a personas que ya no frecuento y algunas incluso he olvidado, en reuniones o fiestas navideñas a las que ya no asisto y mujeres a las que ya no he vuelto a ver. Leo tarjetas y cartas que hablan de sentimientos, acuerdos, reproches, promesas rotas y sueños alguna vez compartidos. De amores y momentos atrapados en la superficie de una hoja de papel y que hoy por azares de los propósitos de limpieza están otra vez en mis manos.
Inseguro me sirvo otra copa, mientras decido que estos recuerdos deben seguir el mismo destino que lo demás. Uno a uno inicio la limpieza de estos vestigios del pasado en papel y fotografía que alguna vez significaron tanto que quise conservarlos y que años después acaban junto a recibos, comprobantes y recortes.
Si Jean Renoir tiene razón, no importa que destruya toda huella física de estas mujeres que poblaron alguna vez mi vida, hoy llevo algo de ellas en mi interior y lo quiera o no, formaron la clase de hombre que soy ahora con la mujer de mi presente.
De estos propósitos de limpieza de Año Nuevo, ahora resultan cajones limpios, recuerdos gratos, cajas ordenadas y un corazón en paz y armonía.
Para continuar la travesía no es poca cosa.
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