CINE, LITERATURA, ARTE, SOCIEDAD Y CULTURA
Es verano en Lisboa. El barrio de Baixa Chiado está lleno de turistas y de lusitanos que disfrutan el sol brillante de esta costa portuguesa.
Sentado en la terraza del Café d¨Braseleira, tomo un café cortado junto al poeta Fernando Pessoa. Con la mano en alto, listo a saludar y con la mirada serena que siempre lo acompañó, acepta de buen talante la infinidad de turistas que se sientan junto a él para tomarse una fofografía. Es la escultura en bronce que toma café desde hace años con quien guste acompañarlo.
Un joven llega frente a quienes disfrutamos la tarde en compañía del poeta, y de un obeso estuche saca de sus entrañas un cello de madera clara. Unos cuantos compases le sirven para afinar y está listo para iniciar su concierto. Las notas de O sole mio se escuchan muy apropiadas para esta tarde calurosa. Sigue con unas variaciones del Himno a la alegría y algo más que no alcanzo a identificar.
A mi derecha, más allá de las mesas del café, los trenes típicos de esta capital pasan chirriando sus ruedas sobre los rieles.
Estoy en la esquina de la Rue Garret, nombrada así por el poeta que vivió entre 1799 y 1854 y con la calle de Largo de Chiado en honor del poeta del siglo XVI.
Bueno, yo de poeta no tengo una palabra, pero disfruto de su compañía en esta esquina colorida y musical.
Frente a mi, cruzan turistas europeos y gente de la ciudad. Muchas mujeres, la mayoría merecedoras de algún poema de amor. Yo solo las disfruto, el poema que lo escriba Pessoa y poetas que lo acompañan.
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