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24 LETRAS X SEGUNDO

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CINE, LITERATURA, ARTE, SOCIEDAD Y CULTURA

EL HOMBRE QUE NO PODIA ENTRAR AL CINE

13 10/05
Etiquetado con: travesias

Dice Chuck Palahniuk, el escritor americano, que el mundo está hecho de gente que cuenta historias y así lo he podido constatar en mis recientes viajes, tan solo se necesita preguntar y saber escuchar.

Me encontraba en la ciudad de Morelia para asistir al festival de cine, tomé un taxi hacia un centro comercial donde exhibían la cinta del cineasta canadiense David Cronenberg, el taxista me preguntó si iba de compras, le respondí que iba al cine y le pregunté si le gustaba el séptimo arte; eso fue suficiente para que me contara una historia.

Marco Antonio desde chiquillo fue muy travieso. En compañía de sus innumerables primos eran el azote de la población de Lagunillas en el Estado de Michoacán, no muy lejos de la ciudad de Morelia.
Sus padres nunca pudieron meterlo al orden y decidieron que anduviera libre y que la vida lo fuera enderezando. A los catorce años de edad, se encontraba aburrido una tarde y se le ocurrió agarrar un panal de avispas rojas y llevarlo al pueblo donde exhibían películas en el cine local. Se introdujo a escondidas al cine y se dedicó a soltar las avispas, que se aventaron sobre la pantalla luminosa y luego por el haz de luz hasta llegar a la cabina de proyección, el alboroto hizo que se encendieran las luces lo que provocó que las avispas se fueran sobre la gente que empezó a huir de inmediato.
Cuando todo acabó no faltó quien señaló a Marco Antonio como el culpable, le dieron una de golpes hasta que la autoridad llegó a salvarlo y se lo llevaron a sus padres, Ahí le ordenaron no acercarse al cine pues no lo iban a dejar entrar nunca más.
A los diez y nueve años, en compañía de sus primos, fueron a la carnicería del tío Samuel para robar unos filetes y asarlos en el campo con tomate y chile silvestre. Rompieron el candado y entraron, descubrieron una res partida en cuatro grandes pedazos, tomaron una pata trasera con anca y, entre todos se la llevaron. Con la complicidad del tío Laureano, que por ese entonces se encontraba muy jodido de dinero y con una prole de hijos que había que alimentar, destrozaron la res y la filetearon. Se dieron un banquete que años después todavía lo recordaban y reían de que nunca supo el tío Samuel quien había sido.
El tío Laureano ya no está amolado como antes, sus hijos emigraron, como muchos en Michoacán, a los Estados Unidos en busca de mejores oportunidades. Ahora va dos veces al año al país del norte a visitarlos. Lo reciben en sus “trocas” y lo llevan a pasear por los freeways de ese país.
Marco Antonio creció y lo inquieto no se le quitaba, estudió una carrera técnica de electromecánica y se las apañó para salir adelante. Conoció a Laura, una maestra de la que se enamoró y se casaron. Pronto llegaron una niña y dos niños, para cuando llegó el cuarto, Laura no sobrevivió al parto y Marco Antonio se quedó viudo con dos niños y dos niñas.
En verdad la tragedia le pegó muy duro y cayó en una depresión que lo tiró a la cama, dejó de comer, se le cayeron las cejas de pura tristeza y ya nadie se acordaba de lo inquieto que era de verlo así durante dos meses.
Una noche el niño más pequeño se acercó y le dijo –“será mejor que todos nos muramos, si tu ya no quieres vivir papá”. Marco Antonio abrió lentamente los ojos y le respondió –“¿Qué dices muchacho? Y el niño resuelto le dijo –“Que si quieres nos morimos todos y nos vamos con mamá”. Las palabras del hijo calaron hondo en el corazón inquieto del padre y le dijo muy serio, -“Eso no va a ser necesario hijo, desde mañana le vamos dando duro a la vida y asunto arreglado”.
Y así lo hizo, dejó a los hijos con una cuñada y se fue para los Estados Unidos, allá los primos le consiguieron trabajo a quince dólares la hora en una fabrica. Después de un par de años, juntó sus dolaritos y se vino de regreso a Michoacán. Se compró dos cochecitos y se puso a trabajar de taxista, sacó a crédito otros dos y se armó de una pequeña flotilla.
Inquieto en los asuntos del corazón también, encontró una nueva maestra con la cual se casó en febrero de este año y aunque quisieron tener hijos propios, nomás no se pudo, pues Rosa, la maestra actual, no podía concebir. Entre los taxis, la esposa y los hijos, Marco Antonio se mantiene ocupado.
Se tomó unos días de descanso para regresar a Lagunillas a festejar los sesenta años del pueblo, donde hubo corridas de toros, música y juegos pirotécnicos, pero inquieto como es, regresó a la ciudad a trabajar y supervisar sus taxis. Mientras me lleva en su pequeña unidad bien cuidada y acondicionada, me dice que hasta la fecha no lo dejan entrar al cine en su pueblo.
Ahora busca regresar al país del norte, sus primos le dicen que estudie técnico en electricidad que por allá se paga muy bien. Por ello la próxima semana inicia los cursos de capacitación, pues quiere juntar dinero con los gringos durante un par de años, y luego construir una casa en un terreno que tiene en Lagunillas para criar animalitos y además, por que quiere volver a entrar al cine en su pueblo.
Me deja a las puertas del complejo cinematográfico, le deseo buena suerte y le digo que por vía de mientras, yo entro al cine por él.
Tiene razón Chuck Palahniuk, todo mundo cuenta historias, tan solo es cuestión de escuchar… o de leer.

Comentarios

Tiene encanto la historia.
Besos.

AnGiE | 16-10-2005 02:48:35

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