CINE, LITERATURA, ARTE, SOCIEDAD Y CULTURA

El hombre duerme sobre sus brazos cruzados en la mesa, frente a él una botella media vacía de cerveza. A un lado, la rocola de luces fluorescentes está en silencio. El ruido de conversaciones y chocar de botellas llenan el ambiente de la cantina Manhattan en el Centro Histórico de Tampico.
Casi todo mundo bebe cerveza, llego sediento y hambriento para abrevar en esta cantina de 60 años de antiguedad, ahora asentada en un nuevo local desde hace ocho años. Pido entonces una cerveza y de comer una milanesa con papas, de mariscos y pescado tuve suficiente ayer.
Mesas y sillas de madera, ambiente popular de gente mayor que bebe directo de la botella de cerveza. Las paredes están adornadas con fotografías deportivas, sobresalen las de la Jaiba Brava del Tampico, legendario equipo de futbol de primera y segunda división, otros equipos, que no valen la pena mencionar ante el glorioso azul celeste, se acomodan a lo largo de las paredes. Al fondo, un cartel de un gran baile con la orquesta de Prez Prado.
De pronto estallan los acordes de un corrido que proviene de la rocola, el hombre dormido se incorpora lentamente y recorre con mirada extraviada el local.
Bebo la primera cerveza con la avidez del sediento, fría, sudada y a grandes tragos para recuperar energías. Vengo de la Biblioteca de Pemex y del Archivo Histórico de la Ciudad, ambos lugares con excelente servicio y llenos de tesoros que busco como gambusino de la Historia de este puerto, ahora Histórico también.
Estoy en Tampico, lugar que me vió nacer y al que retorno a la búsqueda de un proyecto literario y de algo más aún por descubrir.
Llega el plato de milanesa con papas, por un lado arroz, tomate y cebolla. Como aprisa y con gusto, tortillas calientes y tragos de una segunda cerveza ayudan a disfrutar una comida sabrosa de cantina.
La música sigue, personas llegan y otras se retiran.
Dejo limpio el plato y pregunto por un digestivo, el mesero me mira con cara de asombro y se dirige a la barra a preguntar de que hablo. Regresa y me informa que ahí no se sirven tales bebidas. Tomo entonces cuaderno y lápiz e intento pergeñar estas lineas.
El parroquiano frente a mí, bebe el resto de la cerveza y regresa el rostro a los brazos cruzados sobre la mesa.
Traen la cuenta y descubro que con cincuenta pesos me alcanza para liquidar la comida, el mesero se da cuenta y me dice barato, ¿verdad patrón?
Antes de salir me detengo en la puerta y recorro el local con la mirada, lo imprimo en la memoria y salgo al calor de la calle.
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