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La mujer caminó hacia el estanquillo y compró un billete de lotería. Dudó entre llenar una boleta del sorteo Melate o comprar el cachito, pero se decidió por este último, pues ahora no le “latía” nada.
No quería llegar a casa, le había dejado suficiente comida a su gato, aparte de ello no tenía ningún motivo para llegar al departamento.
Nada más pensar en regresar le deprimió, sacudió de su cabeza tales pensamientos negativos y se animó a tomarse un café por los rumbos de la avenida Álvaro Obregón. Si, se dijo, un buen café con leche, además unos bisquets con mantequilla le suben el ánimo a cualquiera.
Buscó un gabinete a mitad del local, solicitó al mesero café y pan. Se abrió el saco gris que usaba los lunes, luego suspiró al recordar las palabras del jefe apenas unas horas antes: “vienen unos recortes de personal Anita, hay que estar preparados, son instrucciones de arriba”. Las palabras de don Laureano la tomaron tan de sorpresa que no acertó a contestar nada. El resto de la jornada la pasó suspirando y con las más negras premoniciones sobre su futuro. Llevaba trabajando diez y ocho años en la Secretaría, casi diez y nueve, pero nunca se había puesto a pensar que podía salir en uno de tantos “recortes” de personal, que últimamente ocurrían en el aparato estatal. Esperaba cumplir cuando menos sus veinte años, asegurar la jubilación, terminar de pagar su departamento y con la pensión podría asegurar su futuro. Pero esas palabras del jefe la dejaron temerosa; en ello estaba cuando trajeron el pedido, se concentró pues, en comer los deliciosos, calientes bisquets, dando pequeños sorbos al café.
Nada como el estómago con algo caliente para pensar mejor, se dijo, no hay que alarmarse, tomar las cosas con calma, además con sus años de antigüedad no se atreverían a liquidarla, antes pensarían en otras secretarias, no en ella. Conforme terminaba su café y el pan, fue adquiriendo una seguridad que al entrar al local no tenía.
Pagó la cuenta en la caja y salió a la noche para tomar rumbo a su departamento. Caminó por el camellón central de la avenida, entre los árboles y bajo a la luz amarilla del alumbrado público, mientras los autos pasaban en ambos sentidos.
Caminaba más segura, los hombros erguidos y con paso firme se dirigía a su departamento no muy lejos de ahí. Sin embargo, recordó las otras palabras del jefe, casi antes de salir: “Que tiempos Anita, que tiempos, a cualquiera le puede tocar, es cuestión de suerte, le digo”. Solo de acordarse hizo que su paso fuera más lento y sus hombros se encogieran.
Caminó unos metros más, y recordó entonces el billete de lotería que llevaba en su bolso, se detuvo, lo buscó y comprobó la numeración, al principio no lo notó, pero ahora se fijó detenidamente en la serie; uno, dos, seis, ocho, dos, cero, cero, cinco. Veintiseis de agosto del dos mil cinco, justo la fecha de ese día. Sonrió y se persignó.
“Todo es cuestión de suerte” se dijo, entonces reanudó su paso por la avenida, se alejó decidida y esperanzada rumbo a casa.
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